Hoy en el New York Times, una nota sobre dos policías que murieron en un tiroteo en la ciudad (afuera de una pizzería de Greenwich Village, para ser exactos), me llamó la atención. Lo que más resaltó para mi no fue la trágica historia de los policías muertos, o el desarrollo de los sucesos, sino la nota la pie de las fotos de los muertos: “La triste historia de un pistolero: el hombre identificado como el pistolero de Greenwich Village tenía una historia de fracasos personales y profesionales”. Y después pensé que ese mismo titular se lo podrían aplicar a un número tan grande de personas que resulta verdaderamente cómico (de humor negro, vaya). Seguramente en la opinión de ciertas personas, el titular ese me lo podrían aplicar incluso a mí. Pero, a pesar de lo que considere mi abuelo, yo no me considero un fracaso.
Es lamentable que las personas que uno más quiere en la vida tengan el poder sobre uno de deshacer sueños o cortar ideas de tajo. Que tengan la capacidad de hacer tanto daño, aunque sea con las mejores intenciones. Aunque crean que están haciendo un bien, que están abriendo ojos, quitando malas hierbas del camino. Es cuando me pregunto, ¿hasta qué grado el amor de los padres llega a ser castrante? ¿Hasta qué grado debe uno escuchar a esas personas? ¿Hasta que uno se arrepienta? ¿Hasta que uno se da cuenta de que la felicidad de uno no se basa en la opinión de ellos? Seguro, no es justo culpar a los otros de los errores propios. Eso no lo estoy alegando. Pero desde que conocí a Teseo y platiqué con mi hermano más chico, Oscar, el no-tan-lacra, sobre mi “complejo de Wendy” (así le puso por eso de que ando buscando a los “niños perdidos”), no puedo evitar pensar que yo sería verdaderamente distinta si hubiera crecido con más libertad. Claro, a lo mejor a estas alturas podría ser madre soltera y dedicarme al cultivo de mota, pero también a lo mejor me habría dedicado a hacer algo mucho más cercano a lo que verdaderamente me gusta y me motiva: el arte, la literatura, el teatro. No sé.
Por supuesto que nunca es tarde para hacerlo. Por eso estoy ahora haciendo todo esto. Me inscribí en un curso de redacción (Gotham Writers Workshop), que aunque será en inglés, me imagino que de algo me servirá. Me voy a comprar una buena cámara de fotos. Me inscribiré después en algún curso de fotografía. Mmmm.... ¡nuevas formas de gastar dinerito!
No voy a dejar mi trabajo temporal, aburrido, desmotivante y gris, porque necesito el dinero (de hecho, a los que hayan visto la película de El Cristal Encantado (o Dark Cristal en inglés), se me viene a la cabeza la escena en donde los skeksis sientan a los poddlings en la silla y les sacan la esencia, dejándolos secos como pasitas. Así es aquí: te sientas enfrente de la computadora y sientes cómo la escasa creatividad y alegría de vivir con la que llegas se te va apagando poquito a poquito, con cada clic del ratón, cada documento, cada estúpida palabra leída en la pantalla…), pero voy a escribir el libro que ya tengo en la cabeza desde hace tiempo. Aunque se ría mi abuelo. Aunque se ría quien sea. Como diría Luis de Góngora: “ande yo caliente y ríase la gente”.