Salió mi madre a comprar café y cigarros una mañana cualquiera y ya no volvió. Un microbús la dejó tirada en la banqueta, después de atropellarla por andar jugando "carreritas" con otro microbusero.
La última vez que la ví fué el día de mi boda. Despúes de eso me fuí a vivir a New Jersey, así que ni siquiera pude llegar a verla al hospital. Bueno, realmente nadie llego a verla al hospital porque nadie pudo llegar a tiempo. El microbús le partió las piernas y la hemorragia la mató en menos de 5 horas. Ese mismo día tuve que arreglar mis papeles para poder viajar a México al funeral. Cuando llegué a la funeraria me tomó un buen tiempo atreverme a llegar hasta el ataúd. Todos ya estaban ahi, y me esperaban como si yo fuera a solucionar algo. Tomar decisiones. Arreglar asuntos. Y yo apenas podía mirar hacia el otro cuarto, donde estaba ella. Nunca antes había visto un cuerpo muerto. Ni tampoco lo había tocado. No sabía que se siente la piel fría y dura, como de plástico.
Esa noche dormí ahi, en la funeraria, sobre dos silloncitos arrimados el uno al otro. No dormí mucho en realidad, pero no me importó porque quería auto-castigarme un poco. Me sentía culpable. Igual me sentí cuando se murió mi papá, aunque eso pasó muchos años antes. También fue así, inesperado, totalmente sorpresivo, de un balazo traicionero que salió de su propia pistola. Aunque, a decir verdad, en la ciudad de México estas cosas ya no sorprenden a nadie.
Me sentí culpable por todas las cosas pendientes que teníamos. Todo lo que teníamos por compartir, por platicar, por resolver.
Adrián se murió igual, de repente, cuando apenas nos estábamos conociendo. Dejando muchas cosas pendientes también.
A veces me pregunto si yo también me moriré así, de repente, sin ningún tipo de aviso. Aunque mi abuela murió ya grande, fué de una enfermedad que salió de repente, en dos semanas se la acabó. Con tantas muertes así siento que es como una maldición o por lo menos un aviso de lo que va a pasarme a mí. Así que trato de dejar los menos pendientes posibles. Todos los días. A veces resulta agotador.
Y ahora pienso en cómo impactan la vida de uno y las vidas ajenas las decisiones que va uno tomando a lo largo del camino. No importa qué tan pequeñas o personales las consideremos. Por ejemplo, la decisión que tomó mi madre de no decirle a Adrián que yo era hija suya cuando nací. Y después la decisión de decirnos a los dos cuando yo tenía 9 años. O las decisiones propias: si yo hubiera elegido irme a Cambridge a hacer la maestría como había planeado, en vez de casarme con J (ya tenía todo listo, incluso una pequeña beca para ayudarme con los gastos de estancia). Pero no pensé las cosas dos veces. Yo realmente creí que J era el amor de mi vida. Y lo fué por un tiempo.
Sin embargo, en Inglaterra, hubiera estado más cerca de O. Estas cercanías geográficas resultan peligrosas. No puedo negar que la cercanía geográfica hace que la cercanía física pase. Y ha pasado. Y me ha gustado.
O y yo nos conocimos en 1988, en Oxford, en un curso de verano. Me gustó primero por su mirada intensa. El tenía 16 y yo 17, la edad del amor estúpido y romantico (o ¿es al revés?), trágico y cómico al mismo tiempo. Nuestra "tragedia" era vivir con el Océano Atlántico de por medio, que no es cualquier cosa. Nuestra comedia era ser tan estúpidamente inocentes y hasta cursis, pero también eso me gustó.
Nuestra primera "salida" fue al McDonald´s (si, en Oxford decidimos ir al McDonald´s, ¿y qué?), y hablamos y hablamos mientras comíamos papas fritas y qué se yo qué más.
Un día nos fuimos de día de campo al río, y el llevó su gran tesoro: un paquete de jamón serrano que llevaba guardando todo el viaje. Para mí todo esto era nuevo. Nunca me había ido de pic-nic así no más. En México eso no lo hace "la gente bien". Uno no va al parque a comer sentado en el pasto. Pero es liberador y realmente me parece una tontería no hacerlo. Ahora aquí lo hago cada que puedo en el verano, para rebelarme contra los estúpidos estándares sociales impuestos a las "niñas bien". Hoy me niego a ser una niña bien que hace lo que los demás dicen.
Cuando nos despedimos O y yo al terminar el curso, lloré un día completo. Me parecía una injusticia que viviéramos tan lejos uno del otro. Y ese sentimiento sigue ahi. En dos semanas vendrá O aquí, a NY, a pasar el año nuevo. Pero no viene solo: viene con su mujer. Y yo estoy sola. Y eso también es injusto.