Monday, November 13, 2006

La otra cara de la moneda

Bueno, pues si nos vimos. Y bebimos. Bastante. Al final, ya no me acuerdo ni cómo llegué a mi casa.
Resulta que 1/4 de mi es marroquí. Que chido. Eso sí no me lo esperaba, aunque no es extraño. Después de todo, los mexicanos somos una mezcla de europeos, árabes y aztecas (o bueno, indígenas o como sea), así que soy consistente.
A veces me pongo a pensar cómo hubiera sido mi vida si mi madre hubiera tomado decisiones distintas. No es que me queje. La verdad, tuve mucha suerte por haber conocido a mi papá y haber vivido con mis abuelos y los quiero más por el hecho de que no sean mi sangre. Pero también creo que muchas veces traté de compensarlos por las cosas que hacía mi hermano (que ya entraré en eso), aunque fuera subconscientemente. Pensaba que, si mi hermano se portaba mal (y eso por decirlo MUY modestamente, porque empezó desde chiquito a dar problemas), yo tenía la obligación de portarme bien porque yo era una "invitada", por así decirlo. Siempre traté de no dar problemas. Aunque, a decir verdad, tampoco me costaba trabajo. Estudiar se me dió fácil. Siempre me gustó la escuela y demás. No tenían que vigilarme gran cosa. Lo más curioso del asunto es que todo esto es un gran secreto a voces. Se supone que yo no sé nada. Se supone que yo no sé que mi familia paterna me adoptó.
Una vez, mi hermano Gustavo me dijo que la única razón por la que yo estaba en casa de mis abuelos era por mi conveniencia (él también sabe porque mi mamá le dijo... poco supo ella que la información podría ser muy mal utilizada). ¡JA! Incluso trató de chantajearme, amenazándome con decirles a mis abuelos que yo sabía que no era de su sangre. La verdad es que no me importa que sepan. El hecho de no compartir la misma sangre no quiere decir que no los quiera. Pero me dió mucha tristeza por mi hermano. Porque él, dentro de su mente tan enferma, no se da cuenta de que hay lazos más fuertes que la sangre, y eso no es algo que se pueda enseñar.
Por otro lado él, que comparte su sangre y su ADN, les ha hecho más daño a ellos y a mí que un desconocido podría hacer. Porque la traición duele más cuando viene acompañada de decepción, cuando te das cuenta que una persona a la que quieres, de quien no esperas que te haga daño, abusa, miente, manipula, y roba en tu casa no una, sino varias veces. Roba cuando te vas un fin de semana, llevándose los regalos de aniversario que mi abuelo le dió a mi abuela a lo largo de cincuenta y tantos años de matrimonio. Roba cuando sale de la tercera casa de rehabilitación contra la drogadicción, porque se te olvida esconder el juego de cubiertos de plata pura del comedor (y es tan estúpido que lo vende en $50.00 dlls). Roba cuando llega de visita, porque dejaste la bolsa sobre una silla mientras hablabas por teléfono. Roba cuando lo vas a visitar porque no escondiste la cartera. Roba el mismo día en que muere tu esposa de 60 años, como en el caso de mi abuelo, o el día que pierdes a tu segunda madre, como en mi caso, cuando sales a la funeraria. Y después de robar te miente a la cara, lo niega, y despúes descubres que está de viaje en Brasil, con el boleto que compró con el dinero obtenido de las poquitas joyas que quedaron después de los robos anteriores. De mi abuela, me queda su libro de recetas. Eso no lo pudo vender.
Y ahora es inevitable para mi hacer comparaciones. Dos personas de la misma edad, a las que estoy unida por mitades, parecen ser completamente distintas. Yo sé que las historias han sido también completamente distintas, pero entonces me pregunto si yo sería también completamente diferente de haber vivido del lado de la otra mitad. Una parte de mi piensa que no, pero ¿quien me lo asegura?
En fin. De todas formas, donde estoy ahora no estoy tan mal.