A veces me pregunto seriamente si estoy cuerda, si no he perdido absoluta y totalmente el control de mi sanidad mental. Me lo pregunto porque me parece verdaderamente absurdo que el simple sonido de una sirena de ambulancia me ponga a llorar en voz alta. No un lloriqueo calladito, discreto, sino con gemidos fuertes, de esos que hacen que duela el estómago. Por supuesto que me puedo explicar de dónde viene esa emoción, pero cualquier persona razonable esperaría que estas emociones ya estuvieran bajo control. Que la cara de mi abuela en la ambulancia, con la mirada perdida, ya se me hubiera olvidado. Que el olor a hospital, el sabor de lágrimas contenidas y el dolor de garganta que provocan ya hubieran quedado atrás. Y las interminables horas de espera fuera de la sala de terapia intensiva. Lo mismo con el olor de flores de funeraria. O el color cenizo de la cara de los muertos recientes. O el frío.
Me acuerdo que cuando estaba en la sala de espera del hospital, imaginaba que todos los que estabamos ahí éramos arboles. Con las piernas plantadas a la silla. Habia un relativo silencio en la sala, como los árboles cuando no hay viento. Solamente había ruido cuando teníamos los 30 minutos de visita. Entonces las piernas entumidas se movían rapidito, para aprovechar los 5 o 10 minutos que teníamos para visitar a nuestro “ser querido”, como los llamaba la enfermera de la puerta. Habíamos varios ahí con ya algunos dias esperando, así que era fácil identificar a los parientes de los pacientes nuevos: eran los que lloraban más. Yo, al segundo o tercer día solamente lloraba cuando salía de ver a mi abuela, pero antes de salir a la sala, para que mi abuelo no me viera. Y entonces venia el sabor salado en la lengua y el dolor de cabeza, que no se quitaba hasta pasadas un par de horas.
Un amigo me dijo una vez que él pensaba que las personas cuando morimos somos lo mismo que plantas. Nos morimos y ya. Pero yo no creo eso. Dejémonos de debates religiosos y demás. Me refiero simplemente al aspecto físico de la muerte desde el punto de vista de una neófita. Realmente no tengo gran conocimiento en la materia porque solamente he visto dos muertos en mi vida: mi mamá y mi abuela (a mi papá no lo ví porque no fuí al funeral, pero esa es otra historia). Es evidente a simple vista que está uno en presencia de algo muerto. Sin alma. Un cascarón completamente vacío. Simplemente esa observación me hace pensar que, en efecto, algo pasa con el alma de uno cuando uno muere. Tiene que ir a algún otro lado cuando el cuerpo se vacía. No puede ser simplemente la sangre palpitando en las venas que deja de palpitar, o el cerebro que deja de funcionar. Tiene que haber otra cosa elemental que cambia cuando todos los aspectos físicos corporales dejan de trabajar. Lo que nos hace ser quienes somos. Como los pensamientos. Como todos estos recuerdos.
A veces quisiera que todo esto se me borrara de la cabeza, como en la película esa en la que borran los recuerdos que uno escoge, pero eso me haría en cierta forma, desleal. Olvidar los recuerdos dolorosos es olvidar parte de lo que es uno, y de lo que es el otro. Pero de veras que a veces los dolorosos y desagradables van acumulándose por momentos, hasta que la simple sirena de una ambulancia me trae esas imágenes y todas las demás que trato de reprimir y dejar en la parte de atrás del clóset de mi cabeza. En la más escondida que puedo. Donde no hay olores, ni temperaturas, ni sonidos, ni colores. Donde estoy completamente a salvo. Donde estoy completamente muerta.
Y entonces me pregunto por qué tengo 3 botellas de vino vacías en el bote de reciclaje...¡Y que hayan más! ¡Uno-dos-tres por mí y por todos mis compañeros!